Un concepto demasiado ambiguo

Desde que se popularizó el uso de Internet, la ambigua frase "sociedad de la información" se instaló en nuestro lenguaje cotidiano.

Por Gustavo Pablos

Me parece que este ejemplo es emblemático de una de las posiciones que solemos tomar los habitantes de las culturas periféricas ante las nuevas tecnologías. Por momentos, pensamos que nos encontramos fuera de las dimensiones que éstas plantean, en otras ocasiones creemos saber más de lo que realmente sabemos y, en la mayoría de los casos, no gustaría adoptar la actitud del bandido de la ilustración.

Frente a la persona, o cosa, a la que le atribuimos un poder casi sobrenatural, desearíamos convertirnos en el personaje que reclama el tesoro (las ideas, la información), para tener respuestas a preguntas que ni siquiera nos hemos alcanzado a formular.

El problema es que los datos, como la información, no tienen residencia fija y su valor depende del momento y el lugar en que nos encontremos con ellos. Si alguien nos dijera: "Mirá, te doy la oportunidad de que elijas a alguien, o algo, para que puedas sorprenderlo y exigirle que te dé toda su información", es muy probable que no sepamos a quién elegir ni para qué. Seguramente, perderíamos tanto tiempo que finalmente vendrían y nos dirían: "Ya está, perdiste tu oportunidad".

El ejemplo, como todos los ejemplos, es sencillo y profundo a un mismo tiempo. Su carácter ambiguo refleja las contradicciones en nuestra relación con la tecnología, con el conocimiento, con los nuevos medios (sucedería lo mismo de encontrarnos ante un marciano: nos asombraríamos, en el caso que tengamos tiempo para algo, pero nunca lo entenderíamos).

De eso se trata, cuando en esta época hablamos de "sociedad de la información". Con las definiciones sucede que muchas veces no sabemos muy bien qué procesos, o serie de procesos, están designando. Por eso, cuando decimos "sociedad de la información" podemos designar muchas cosas. Puede ser que hablemos del mundo donde hay Internet (pero sólo para un porcentaje pequeño de la población), también podemos referirnos a sociedades con organizaciones basadas en nuevas formas de trabajo (básicamente a través de Intranet), o puede ser que estemos pensando en la redefinición de los medios tradicionales por efecto de la tecnología digital, entre otras cosas.

Pero si bien hay dudas acerca de qué cosa estamos designando cuando hablamos de "sociedad de la información", "sociedad digital" o "sociedad electrónica", es cierto que en la actualidad estas frases señalan, sin lugar a dudas, la incorporación masiva de la tecnología electrónica. No obstante, lo que sí genera algunas contradicciones es el concepto de "información", porque desde que se inventó la escritura o se empezó a almacenar la información con distintos fines, la vida de las comunidades se organizó alrededor de la administración de lo que ese concepto ha significado tradicionalmente.

En un artículo ya clásico de uno de los miembros más prominentes de la cibercultura californiana, John Perry Barlow, encontramos una serie de inquietantes reflexiones que ayudan a despejar el camino y pensar de forma más precisa uno de los usos posibles de esta palabra.

Una de las propuestas es que la información es intangible e imposible de definir por naturaleza. No es una cosa, sino que más bien es algo que sucede, que ocurre, en la relación entre mentes, objetos y otros elementos. Esa relación produce como efecto un nuevo hacer, nuevas cosas, y de ahí una cadena de efectos que se empiezan a propagar. Se puede decir que "la información es una diferencia que genera diferencia", no es algo que se encuentra totalmente en el afuera, ni totalmente en un adentro, quizás sea posible imaginarla en una zona posible, "virtual", entre el adentro y el afuera.

Por eso, la información sólo sucede cuando lo que está almacenado (en un libro, en un CD, en un disco duro, etc.), es encontrada por alguien que la utiliza y la convierte en otra cosa, le da una nueva vida a medida que se despliega en el tiempo. El lugar donde reside la información no tiene mucho sentido, pero sí la vida que se genera a partir del encuentro con un lector, con un receptor (como quieran llamarlo), que le otorga características y matices propios.

Si al principio nos referíamos a la necesidad y el deseo de información, pensábamos más bien en ese momento impreciso, indeterminado, en que una persona puede hacer algo con aquello que encuentra. En ese encuentro, en esa relación entre un emisor, quizás involuntario, y un receptor, tal vez distraído, es que la información puede adquirir un valor específico. En ese instante algo sucede, se da una nueva relación, surge la diferencia que puede producir como efecto una variedad de cosas, una nueva idea, un cuadro, una película, un libro, un diseño, etc.

Cada relación es única, por eso recibir datos e información es tan cautivante y creativo como generarlos. Para nosotros, miembros "periféricos" o "menores" de un mundo demasiado centralizado, demasiado maduro, el valor de lo que circula va a estar dado por la apropiación singular que de éstas cosas sepamos hacer.

Eso da un valor. El poder de la información, de lo que se recibe, como también de lo que se envía, depende, en gran parte, de la participación creativa. Una participación activa y creadora de diferencia en la medida en que tenga el "color" auditivo de nuestra lengua, la mirada oblicua de los marginados y el diseño "sui géneris" de quienes piensan y trabajan sabiendo que les faltan algunas piezas.

 
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