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Ciberfeminismopor Gisela Di Marco Son demasiados los neologismos creados con el advenimiento de Internet, a pesar de que gran parte de ellos no denomina ninguna novedad introducida en las prácticas tradicionales. No obstante, algunos territorios parecen haber emprendido un camino preciso hacia el encuentro de su propia especificidad en el ciberespacio: tal es el caso del ciberfeminismo. Movimiento que nació con la misma Internet y que, si bien aún bucea en busca de una definición de sí mismo, está lejos de reproducir en modo alguno el feminismo de antaño. Dado que no se ha llegado aún a un acuerdo sobre la definición precisa del movimiento, éste parece haber optado por definirse provisoriamente a través de diferentes actitudes hacia el arte, la cultura, la teoría, la política, así como la comunicación y la tecnología. El planteo es, más bien, definirse a partir de lo que no es, o
de lo que pretende no ser, tomando así una doble distancia. Por
un lado, se aleja de los errores cometidos por las corrientes feministas
del pasado, dogmáticas, promotoras de lo “políticamente
correcto”, opresoras de la sexualidad y absolutamente inadecuadas para
las nuevas circunstancias en que la mujer está inmersa. Por otro
lado, se escabulle de las trampas en las que ha caído el feminismo
clásico tantas veces al definirse a partir de la misma oposición
binaria masculino / femenino que pretendía socavar. El medio es el mensaje Si bien la realidad material de muchas mujeres no ha variado desde la explosión feminista de los 70’, la propuesta ciberfeminista transita otros caminos. Se inscribe en el contexto de hegemonía masculina presente en el terreno tecnológico para cuestionar y confrontar teórica y activamente las cosmovisiones ideológicas que de ella se desprenden. Se trata de prácticas femeninas inmersas en terreno tecnológico, "una alianza de los ‘bienes’ del hombre (mujeres y máquinas) contra sus ‘dueños’ ". Esta es la gran ruptura con la tradición del activismo feminista, fundamentalmente antitecnológico. Para el ciberfeminismo, la tecnología es el medio por excelencia, no sólo como herramienta o como canal: la pertinencia misma de este neologismo radica en la concepción mcluhaniana de que ‘el medio es el mensaje’. De este modo, las prácticas ciberfeministas pueden definirse como
prácticas menores, en el sentido de Deleuze
y Guattari: no por ser realizadas con herramientas o lenguajes
menores, sino porque son prácticas que una minoría hace
con las herramientas y el lenguaje establecidos por la mayoría.
Su uso distintivo –primitivo, puro e intenso– de un lenguaje y unas herramientas
inicialmente ajenas, es la expresión más acabada de las
tensiones internas entre lo menor y lo mayor. La utopía del ciberespacio Existe el mito de que el ciberespacio es una plataforma inherentemente libre de las viejas relaciones y luchas de género, donde la identidad “real” es irrelevante, pero allí no se revela más que una profunda ingenuidad. Si bien en el reino de la telepresencia y las relaciones virtuales las identidades devienen contradictorias, parciales y estratégicas, los nuevos medios existen dentro de un marco social preexistente, aún profundamente clasista, sexista y racista. A pesar de muchos sueños utópicos, Internet no abolirá
automáticamente las jerarquías mediante el intercambio libre
de información más allá de las fronteras, porque
está socialmente inscripta en referencia a cuerpos, sexo, edad,
economía, clase social y raza. El dominio masculino de lo tecnológico Las razones de la hegemonía masculina en el ciberespacio tienen dos orígenes. Por un lado, en sus inicios Internet fue creada como un sistema para servir a las tecnologías bélicas; y, por otro lado, su inserción actual es fundamentalmente en el sistema corporativo, donde la mujer prácticamente no es incluida dentro de los circuitos de mercado sino como producto, o como sujeto consumidor de su propia investidura como mercancía. Estas condiciones patriarcales, bajo las cuales se producen las políticas, los códigos, lenguajes, imágenes y estructuras de Internet, están sustentadas por la percepción popular de que la mujer es tecnofóbica. Es cierto que su uso de la tecnología ha sido eminentemente pasivo e irrelevante, pero esto es producto de la exclusión de la mujer de los espacios de desarrollo y educación tecnológica, los cuales, desde la socialización y la educación tempranas, han sido generalizados como dominios masculinos. Por ello, los productos de la tecnología son diseñados por hombres - es innegable que hay muy pocas mujeres en posiciones visibles de liderazgo en el mundo electrónico, y sólo un pequeño porcentaje en las áreas de desarrollo- para satisfacer necesidades y deseos de los hombres, que son, en definitiva, quienes tienen el poder adquisitivo. Las mujeres como mercado de consumo sólo ayudan a mantener el status quo como usuarias pasivas de la tecnología, y su acceso a ella sólo responde a necesidades económicas estructurales: las computadoras les fueron dadas para hacer más eficiente su trabajo. Lo que no fue previsto es que desde esas mismas computadoras comenzaría lentamente un proceso de subversión de la estructura de género vigente: El ciberfeminismo no pretende embarcarse en la lucha por un pequeño
lugar en la superficie visible del ciberespacio, sino situarse, como los
hackers, en la periferia. Por ello, su emergencia es un acto radical
de ruptura de lo simbólico desde su interior, que intenta interrumpir
el flujo de códigos masculinos y el orden que impera en Internet,
para ‘asegurarse
de que los joysticks de los cowboys del ciberespacio no
reproducirán la falicidad unívoca bajo la máscara
de la multiplicidad...’ |