DE LAS CACEROLAS A LOS BITS

Las nuevas formas de movilización y de protesta han encontrado también nuevos medios de expresión y organización

Por Gustavo Pablos


Hace poco más de dos meses la vida social, económica, política y cultural de argentina comenzó a experimentar transformaciones de inéditas magnitudes. Desde entonces, la mayoría de quienes nos dedicamos a alguna actividad cultural (escritores, artistas, teóricos, periodistas, profesores, etc.), hemos comenzado a pensar en aspectos que si bien ya estaban presentes en la vida cotidiana es a partir de ese momento que se exponen directamente en la superficie.

Nos parecía, y nos continúa pareciendo, que los hechos sucedidos, y que continuaron sucediendo, contribuirán a estimular y darle forma a un proceso que se viene gestando desde hace años pero que hacía falta un acontecimiento, un episodio que señalara un antes y un después y obligara a ver las cosas de forma diferente. En cierto modo, el cadáver ya estaba, pero hacía falta que alguien corriera el telón y lo dejara en evidencia para que cada uno de nosotros volviera sobre lo que habíamos olvidados, o descuidado, para así recuperar cierto ejercicio de la política. Todo esto bajo una terrible certeza, casi patética para ser enunciada, pero que apareció con una contundencia inesperada: así no podemos seguir.

En verdad, la realidad, o algunos de los hechos que de ella podemos dar cuenta, nos había pateado el tablero, y cuando comenzamos a recuperar las piezas nos dimos cuenta de que no podíamos volver al diseño del tablero anterior. Si bien era -y es- necesario, rearmarlo, ya no podrá ser el mismo; es muy probable que surgirá uno con propiedades del anterior pero ya no con su esencia.

De cualquier forma, en esta editorial me interesa rescatar uno de los aspectos, entre tanto posibles, referidos a los sucesos de los últimos meses. Lo que más nos interesó en esté número (presente en algunas notas y en el espíritu general del Beta), es trabajar el tema de los medios y de la tecnología que hace de soporte, aunque no desde la perspectiva más tradicional sino atendiendo a dos cosas más bien marginales. Por un lado, a lo que podemos denominar como "apropiación táctica", la actitud de activistas, piratas, hackers, etc. que se cautivan con la utilización de los medios y las tecnologías con fines no convencionales. Y, por otro lado, a la función que pueden adquirir estas nuevas tecnologías y medios en contextos de permanente agitación.

En ese aspecto, me interesa rescatar cómo los ciudadanos han comenzado a utilizar los nuevos medios para crear espacios diferentes destinados a la difusión de denuncias, propuestas, convocatorias, etc. Por supuesto, no creo que sea pertinente definir lo que está pasando como la "revuelta del e-mail", porque no se trata de eso, así como tampoco se la puede postular como "la revuelta de la cacerola". Pero sí es necesario reivindicar la manera en que los nuevos recursos han ayudado, y pueden integrarse aún más, en este proceso estimulando, creando y manteniendo redes sociales de diversos tipos (solidarias, alternativas, de autogestión, etc.).

En cierta medida, gracias a esta nueva tecnología (que, a partir de su apropiación, se convierten en nuevos medios de comunicación) ya habían sido posibles movilizaciones antiglobalización como las de Porto Alegre, y antes Seattle, Washington, Praga, Barcelona o Génova. Si bien lo sucedido en argentina tiene características propias, "sui géneris", que lo desengancha de otros proceso (digo esto no con orgullo, sino más bien con el dolor de quien siente nostalgia de un país más convencional), hay algunos puntos en común. Uno de ellos tiene que ver con el siguiente postulado.

En la actualidad quizás ya no sea posible exigir el derecho a la información de los medios tradicionales, porque estos se encuentran al servicio de otros intereses, como el de perpetuar la legitimidad de las corporaciones. Las mismas entidades que, debido a la concentración de riqueza y poder, crean las situaciones de injusticia que las movilizaciones pretenden confrontar. Por eso, frente a los medios tradicionales, condenados a jugar el papel que les corresponde, una de las alternativas puede ser la apropiación de la tecnología y de los medios que, principalmente por la propiedad de "digital", convergen en Internet.

Se puede postular, sin temor a equivocarnos, que por primera vez en la vida social argentina la gente entendió el valor más inmediato de estos nuevos entornos y lenguajes de comunicación. De que éste no es solo un simple canal fático, un conducto que transmite mensajes relativos o bien a la intimidad, o bien al trabajo, como también otros relatos que no demandan nuestro interés. Es posible pensar que, con el tiempo (teniendo en cuenta que ya hay señales en ese sentido), ese canal puede ser utilizado, como sucede en otros países, como un agente que contribuya a la consolidación en el mundo "virtual" de las nuevas comunidades de intereses con sede en el mundo "material".

Si bien en la actualidad los miembros de la comunidad no están unidos más que por la bronca, la necesidad de resistir y por el odio ante el despojo, también es cierto que pueden hacerse otras cosas. Es necesario, y el medio lo permite (solo hay que aprender a usarlo), hacerle decir cosas diferentes a la bronca. Poder darle un rumbo, ponerla en movimiento para ver hasta donde es posible (a pesar de que las fuerzas naturales del cinismo apuestan por la destrucción) construir una vida más digna e interesante, es una de las tareas pendientes.

 
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