Res publicae

El presente ensayo analiza los sucesos políticos y económicos de los últimos meses como una variante de "la guerra contra la propiedad"

Por Andrés Dapuez


Los últimos acontecimientos en Argentina han propuesto un doble enigma. Por un lado parecen plantear preguntas recurrentes que nunca se responderán y por otro demuestran que existe la materialidad de un socius que, en definitiva, terminará (como lo hicieran en numerosas oportunidades los mercados) tomando las decisiones que fueron postergadas en el ámbito político.
De cualquier manera, los más de mil saqueos son un final ejemplificador para un régimen escandaloso. Lo que los economistas acostumbran a llamar "distribución de la riqueza" no emerge, en los sucesos de diciembre y enero, solamente como un orden económico de la propiedad. Cuando un número significativo de personas atentó contra la propiedad privada, el sistema político colapsó porque toda economía está tejida y sustentada en vínculos políticos y sociales. Así, al actuar sobre la propiedad la gente deshizo una política y una sociedad.

Esta variante de la "guerra contra la propiedad" que practicaban los Haïda del noroeste americano, descubrió los tendones y los músculos del cuerpo social y permitió entrever directamente de qué materia estaba hecha nuestra sociedad. La materia absoluta dejó de ser protegida por la superficie simulada y discursiva que la había recubierto durante más de una década. Al mismo tiempo que se olvidó la vergüenza y fue levantada la represión, miles de personas violaron las entradas de innumerables comercios para apoderarse de unos bienes de los que se habían sentido desposeídos. Sin embargo, estos bienes (comidas, bebidas, envoltorios brillantes de contenidos enigmáticos, objetos conspicuos y útiles) no alcanzaron para satisfacer el hambre del organismo que quería fagocitarse a sí mismo.

Ciertas destrucciones parciales de los edificios públicos (Casas de gobierno, Congresos, órganos deliberativos o judiciales) no afectaron la supuesta relación de representación que aparentemente mantenían representados y representantes. Concebida como ficción teatral del poder, la misma idea de representación se desbarató en el caos de un orden sintomáticamente más sincero. La inutilidad de dicho concepto parece haber sido demostrada no solamente para los momentos históricos de convulsiones sociales similares, sino para todos los casos y en todos los tiempos. 

El platónico volver a hacer presente algo ausente, re/presentar, se desvanece definitivamente como herramienta cuando lo único que no está ausente es la materialidad inquietante de la cosa social. Así, la verdadera República cuando emerge, no lo hace como un ideal sino como real.

Las cosas (mercancías, cuerpos, representaciones, como el dinero o los discursos, etc.) se vuelven públicas en el sentido fuerte del término. Dejan de existir en el iluminado doble vínculo del orden público/privado para allanarse violentamente a una existencia común. No se cambia solamente de régimen de propiedad, desde uno liberal a uno supuestamente comunista o de guerra de todos contra todos. El poder, desdoblado perversa e ilustradamente en Opinión Pública / Propiedad Privada, es restituido a las cosas.

Obviamente, este proceso es tan cultural como cualquier otro. Sin embargo, destruye la separación bienpensante entre signos y objetos para restablecer el poder político en ese agregado social mayor a la suma de las partes. 

Las res publicae, los productos saqueados, inmediatamente antes de ser atesorados bajo un régimen de propiedad pre/capitalista (supongamos un televisor antes de ser escondido como valor en un rancho o tapera), son la prueba y la evidencia de que las leyes y normas se han modificado. Quizás no eterna, sino efímeramente; pero han cambiado. Y con la prueba del cambio acontece el horror y la esperanza de que todo podría ser de otra manera.

Dispersar los restos de los monumentos, de los hitos y edificaciones públicas, pulverizarlos hasta que se sean reintegrados al suelo, a la materia; apoderarse de las propiedades de los otros para que éstas dejen de ser el espectáculo deshonroso que mostraba a cada individuo de la muchedumbre cuán impotente e inerme era ante el capital, no es solamente un acto de igualación (desposeer para que cada hombre sea tan poderoso o incapaz como el otro: por ejemplo, la idea hobbesiana de que cualquier hombre puede ser muerto por otro), sino que nos habla de una voluntad de reapropiación del poder.

Escapando por un momento a la tiranía que la noción de "propiedad" ha ejercido sobre la filosofía occidental y, por supuesto, sobre la economía política, podríamos denominar a ese proceso "empowerment". 

El devenir res publicae de las mercancías escapa así de todo economicismo para volver o devolver a la materia y a la materialidad la capacidad significante. De la misma forma en que los fetichistas y los fetiches africanos esbozan un nuevo mundo y una regeneración radical de la subjetividad, la materialidad del despojo es también una promesa, o mejor, una posibilidad.

Ésta, aquí, nos habla de una "publicitat" de las cosas, en el sentido fuerte del término, por la cual los objetos mismos predican en público su estatus (qué son y a quién pertenecen) y se despliegan en toda su potencia.

Lo contrario acontece cuando los bienes están ocultos. El orden político que se sustenta sobre una economía invisible es siempre alguna forma de autoritarismo (desde el ktémata o tesoro arcaico a las sociedades anónimas).

En nuestro caso, en el caso argentino, podemos poner el ejemplo de una investigación de la cual estos ensayos teóricos son parte . El régimen de publicidad inmobiliario provincial (en el Catastro Provincial, el Registro de la Propiedad, en el Colegio de Escribanos, en la Gerencia Provincial de Estadísticas y Censos), ha quedado demostrado que es inexistente. El fundamento de dicha publicidad, la oponibilidad de los títulos de propiedad, transformada en un principio de ocultación, asegura, en el preciso caso de las propiedades inmobiliarias, pero es muy probable que en todos los demás órdenes, los beneficios de la invisibilidad a los poderosos. 

Al habérsenos negado sistemáticamente el acceso a la información de los registros y a las escrituras de los inmuebles más onerosos no puede más que exponerse el procedimiento por el cual un supuesto orden público moderno es cooptado y utilizado por poderes fácticos para beneficio propio y en una forma de ejercicio de poder irregular, casi colonial.

Por el contrario, la publicidad de las cosas públicas se impone espectacularmente. La misma fascinación que producen las ejecuciones públicas, los linchamientos, se hace presente un poco más moderadamente en los saqueos, en donde se esparcen los objetos sacándolos de las vidrieras, las góndolas de supermercados (esto es de los altares en los cuales se transformaban en mercancías universales) para ser profanados hasta llegar a convertirse en un conjunto discreto y finito de materia. 

Devenidas sustancia, las mercancías son notorias, contables, finitas, corrientes. Perdido el brillo que la fama y el capital difundían sobre ellas, vuelven a ser cosas, sencillamente cosas que se pueden destruir, disfrutar, emplear, disponer. Recobradas del fasto capitalista los productos se muestran a sí mismos como entes pasibles de dejar de existir.

Es entonces cuando las cosas públicas, la comunidad de los objetos que también conforman este mundo, pueden colaborar en la formación de un orden político más justo. No porque en la propiedad se encuentren las "propiedades" mágicas que aseguran los derechos a los hombres sino porque la justicia también reside en las cosas.

Este, creo, es uno de los recorridos teóricos viables después de los acontecimientos del último verano. Desconozco, sinceramente, si esta voluntad de justicia en las cosas podrá construir un orden político más vivible o si triunfará la pulsión represiva y opuesta. No es tampoco función de simples profesores el profetizar .


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Notas:

1- Este texto es un fragmento del prólogo el libro Intercambiar, dar, robar: Instituciones económicas del saber de lo social de próxima aparición.

2- Tribu del pueblo Kwakiult quienes practicaban a final del siglo XIX una especie de "potlatch" o prestación antagonística que consistía en la destrucción de blasones o grandes cobres, mantas y otros bienes como forma de demostración de la riqueza y el poder de los clanes.

3- A casi dos meses después de la expresión más importante de esta nueva situación social, los saqueos, organizados o no por un sector partidario, se produjeron algunos hechos que obligan a presagiar más violencia. El sector dominante de nuestra sociedad cargó nuevamente sobre el Estado y licuó sus deudas, violando, lo que ellos mismos denominan cuando son perjudicados, "contratos preexistentes". Estos saqueos por los cuales la riqueza es privatizada (es decir, el flujo va desde conjunto de pueblo, en este caso de su representante jurídico-político hacia unos particulares), el Estado, en la historia de la Argentina no son nuevos.

 
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