Déjala correr: la dinámica cultural de la Era Digital

Liberadas de la propiedad intelectual, las nuevas tecnologías modifican la producción y circulación cultural.

Por Gisela Di Marco

Resulta sorprendente el planteo de algunos intelectuales contemporáneos, como Ned Rossiter (1), que postulan la “excesiva libertad” de difusión promovida por las nuevas tecnologías y claman por duras políticas de propiedad intelectual para proteger a la cultura... de los cambios. Como si la cultura fuese estática e inmutable, como si fuese un producto terminado que heredamos de nuestros antepasados, destinada a circular entre nosotros (los que pueden pagar por ella), como si fuésemos herederos pasivos.

En todas partes, las culturas cambian respondiendo a los avances tecnológicos, el crecimiento económico y, por supuesto, la globalización. La Era Digital ha acelerado esta dinámica exponencialmente, dado que la interconexión, la interactividad y los modelos de distribución que permiten las nuevas tecnologías, suponen nuevos modos de acceso y construcción culturales.

Las facilidades de acceso y la reducción de los costos no son los únicos factores que introducen las nuevas tecnologías en la cultura: su fuerza transformadora y dinamizadora proviene principalmente de que están libres de las ataduras de la propiedad intelectual. Las leyes autorales no sólo dificultan la circulación y el acceso al material, sino que también prohiben el uso derivado del material registrado, instalando un estricto determinismo en el modo en que se construirá la cultura subsiguiente (2). Esto retarda los procesos naturales de reconstrucción y evolución cultural, desalentando gran parte del potencial creativo del ser humano. Los nuevos medios cambian radicalmente la forma en que habrá de evolucionar la cultura, permitiendo una apropiación constructiva permanente.

Mucho se ha dicho en estos días acerca del peligro que corren estas libertades por una serie de iniciativas destinadas a implementar estrictas políticas de propiedad intelectual para los dispositivos tecnológicos y la información que circula en la red. Todo bajo la bandera de una supuesta protección y beneficio para los creadores, cuando en realidad de lo que se trata es de entregar el control del material a un grupo cada vez más concentrado de manos empresarias que retienen estos derechos. Si esto prospera, los jóvenes ya no serán dueños de su propia cultura (3), la producción se restringirá a un conjunto limitado de imágenes de lo que debe ser la cultura. Además, existirán inmensas lagunas en el registro de la misma cuando las empresas consideren que no les resulta rentable.

No obstante, para muchos analistas, como John Perry Barlow (4), se trata de una guerra ganada por los derechos civiles. En primer lugar, porque no parece posible, al menos en un futuro cercano, que opere una ley sobre derechos de autor a nivel internacional, única forma de controlar con efectividad la circulación de información en la red. Pese a que existen tratados internacionales que apuntan a globalizar normas que en la actualidad rigen en Estados Unidos, sólo proporcionan un marco general para que las naciones elaboren su propia legislación; además, los procesos de ratificación son muy lentos y algunas de las economías más importantes del mundo, como la Unión Europea, Japón y China, no adhieren a estas iniciativas.

En segundo lugar, y más determinante, parece difícil que se pueda imponer con éxito una ley que carece de apoyo social, cuando hay tantos medios y facilidades para violarla. Entre ellos, la accesibilidad económica de la baja tecnología, la piratería del software, el movimiento open source (software libre o de código abierto), las redes peer-to-peer (que no funcionan sobre el modelo cliente-servidor, sino en un esquema punto a punto, sin jerarquía), y las redes comunitarias, ofrecen una plataforma favorable para una mayor apertura y diversidad en la producción y distribución de la cultura.

Probablemente una de las alternativas más prometedoras sea la de las redes comunitarias o libres, un movimiento solidario en continua expansión que propone equilibrar el capital cultural de todos los individuos creando redes alternativas gratuitas y administradas por los propios usuarios. De este modo se evita que sean las empresas las que decidan cómo y por cuánto dinero la gente accede a Internet.

Estos proyectos, conocidos como NAN (en inglés, red de área barrial), utilizan la tecnología Wireless LAN (redes de área local inalámbricas) en la banda de frecuencia de 2.4 GHz (que no requiere licencia de los entes regulatorios de las telecomunicaciones). Tienen pocas exigencias de hardware y utilizan software libre. Los voluntarios ofrecen sus computadoras como nodos de la red y dictan programas de entrenamiento para los usuarios inexpertos, propiciando la generación de comunidades culturales activas (5).

La discusión no versa sobre si los nuevos medios reemplazarán o no a los tradicionales, sino sobre cómo se afectan y transforman dialécticamente para sobrevivir y convivir, y como influyen en la cultura. Por ejemplo, junto a la net.radio, también la radiodifusión on air está cambiando. La instalación de un estudio equipado con dos computadoras y el software apropiado cuesta el 10 % de la inversión requerida para un estudio tradicional, y con mejor calidad técnica. Esto ha permitido el acceso de pequeños broadcasters y la formación de radios comunitarias, que ha dado más justicia a la función del medio radiofónico como “difusor del registro sonoro de una época, de una cultura, de una ciudad” (6).

Los temores de los abogados de los medios tradicionales de producción y distribución de la cultura descansan, principalmente, en la posibilidad de que estemos resignando calidad por cantidad en materia de cultura y que la saturación pueda desvalorizar el material. El argumento que proponen es que cualquier individuo sin formación, bajo la bandera del anonimato y el libre albedrío de la red, puede apropiarse del trabajo y usurpar el lugar de artistas, periodistas y teóricos.

Sin embargo, la economía de las ideas no es equivalente a la del mundo físico. Nada hará trascender más a una obra y a su creador que un público deseoso de distribuirla libremente. La libre proliferación y acceso no reducirá el valor de la obra, sino que lo incrementará. La marca, el estilo y la firma del creador serán cada vez más importantes y requeridos, y establecerán la distinción depuradora en medio de la saturación de una manera más natural y justa que las imposiciones legales y las estrategias empresariales.

Nos encontramos frente al arribo de la diversidad cultural a la producción de contenidos, en una magnitud nunca antes vista. No podemos predecir con certeza qué sucederá cuando la libertad en la red sea una alternativa real, lo que sí ha quedado demostrado es que como táctica subversiva es muy prolífica.

Notas

(1) Ned Rossiter, Intellectual Property Regimes and the Possibilty of Indigenous Sovereignty within Informational Economies, Nettime (http://www.nettime.org), 21 de Marzo de 2002.

(2) Lawrence Lessig, profesor de Derecho Tecnológico de la Universidad de Stanford, en Karlin Lillington, Por qué las leyes sobre derecho de autor perjudican a la cultura, Interlink Headline News, 9 de Diciembre de 2001.

(3) John Perry Barlow, cofundador de Electronic Frontier Foundation (Fundación Fronteras Electrónicas), en Karlin Lillington, Por qué las leyes sobre derecho de autor perjudican a la cultura, Interlink Headline News, 9 de Diciembre de 2001.

(4) John Perry Barlow, The Next Economy of Ideas. Will copyright survive the Napster bomb? Nope, but creativity will. The great cultural war has broken out at last. Wired Magazine ( http://www.wired.com/wired/archive/8.10/download.html?pg=3&topic=&topic_set=).

(5) Una de las iniciativas más sólidas en esta línea de trabajo es YouAreHere (http://youarehere.metamute.com).

(6) Leonardo Martínez y Dieter Behng, del Centro de Formación Radiofónica de la Deutsche Welle, en Alexis Ibarra, En Pucón se discutió el futuro del periodismo digital, Interlink Headlines News, 23 de Noviembre de 2001.

 
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